Desde niño quise ser periodista. Me encantaba ese aura de malditismo de las películas, estar en todas partes y hacer las preguntas adecuadas, enfrentarse al poder, hablar de tú a tú con los poderosos y dar voz a los débiles. Como a casi todos los aspirantes a periodista, me embargaba ser parte del sonido de las máquinas de escribir y las rotativas, el olor a humo y alcohol, los confidentes y las gargantas profundas, el mirlo blanco de cualquier periodista. Esto es un brevísimo resumen de mi experiencia.

Pero ni estábamos en Todos los hombres del presidente, ni Tom Wolfe se sentaría en la mesa de al lado para darme consejos estilísticos, ni un compañero sospechosamente apocado desaparecería cada vez que Superman surcara el cielo. En la España de 2003 los horarios abusivos, la prensa supuestamente libre al servicio de ayuntamientos o gobiernos regionales, los despidos masivos disfrazados de «reconversión empresarial», los periodistas transformados en comerciales y la concentración de empresas de medios de comunicación eran la norma. Más tarde llegaría la incapacidad de las empresas de prensa de adaptarse al mundo digital y la inexistente penetración en las nuevas generaciones. Como decía José Cervera, las grandes empresas de comunicación se pusieron a «burbujear» metiéndose en otros negocios en vez de dedicarse a lo suyo. Cuando llegué, ya apenas quedaba nada de aquello que me motivó a ser periodista.

La supuesta multitarea del periodista
Fuente: Speakerbox

La profesión de periodista, al igual que las demás y, sobre todo, de 20 años para acá, se encuentra en constante evolución. Pero el periodista es reacio a los cambios y el trauma surgido de la necesidad de evolución alimentó la queja constante sobre la crisis de la profesión, que suele acaparar la mayor parte de las conversaciones entre compañeros. Profesionales curtidos en mil guerras (literalmente) tuvieron que empezar a mantener blogs sin medio que les respaldara; expertos en los emoticonos del obsoleto Messenger de Microsoft se vieron capacitados para transformarse en Community Managers; incluso administradores de foros heredados de los 90 se atrevieron a meterle mano a las bases de datos. Era adaptarse o morir, pero sin saber cómo.

La solución era obvia: si no encuentras trabajo hazte freelance (autónomo, aunque suene menos cool) y monta tu propio medio digital. Si, total, apenas necesitas inversiones en material y puedes trabajar desde casa. La consecuencia: sobreabundancia de medios, darwinismo puro y desprofesionalización de la información, como ya predijo Julio Alonso. Y de aquellos barros, estos lodos. Pasamos el sarampión del clickbait («No te vas a creer la reacción de este koala con un bebé») y actualmente nos encontramos en plena lucha contra las noticias falsas o fake news, ambas promovidas por redes sociales con la bendición de los grandes medios.

Sé de compañeros que se negaban a usar un ordenador para manejar algo más allá que un procesador de textos (no digamos una cámara de fotos, de vídeo o liarse con Photoshop), haciendo del escritorio del ordenador un maremágnum inabarcable de archivos de Word. Hoy son orgullosos «hombres orquesta» que venden las virtudes de la polivalencia y la adaptación a los tiempos que corren. A la fuerza ahorcan. De nada servía que los profesionales de CNN+, una televisión de verdad, ya editaran sus propias piezas del informativo desde principios del siglo XXI. La veda, la normalización, el cambio obligado, se abrió cuando el New York Times publicó en portada una foto realizada y tratada con un iPhone. La adaptación a la nueva era comenzaba, ya iba siendo hora.

Portada del New York Times del 31 de marzo de 2013

Eso sí, a pesar de que todos los directores de medios tuvieran un cuñado con cuenta en Myspace que sabía mucho de ordenadores, no sé de nadie que sobreviviera mucho tiempo sin formación. Incluso, durante un tiempo, los propios formadores no estaban muy seguros de lo que estaban explicando. Dónde quedaron aquellos seminarios sobre Klout, Foursquare, Flick, Tumbrl, etc., y su supuesta utilidad. O las bondades de la viralidad, la gamificación, las redes sociales y los cambios en la política de las grandes empresas tecnológicas que borran de un plumazo las reglas establecidas. No es que en la actualidad no existan utilidades que faciliten la vida, que existen, y muchas. Simplemente nadie enseñó que lo verdaderamente importante era la capacidad de adaptación del periodista a la tecnología, no la aplicación en sí.

Porque tras toda esta evolución, tras los cambios sufridos y los que están por venir (y que el periodista más le vale seguir), está el mandamiento supremo, inalterado e inamovible desde hace algo más de un siglo: respeta a tu audiencia, recuerda que trabajas para ella. Eso es lo que me apasiona del periodismo: por mucha barrera tecnológica que exista, en última instancia estás contando una historia («historia» y no «noticia», me gusta más el término anglosajón) a alguien que te dedica su tiempo. Se cortés, toma tu tiempo en verificar fuentes, asegura la veracidad de lo que cuentas y hazte entender.

Los hechos sobre las noticias falsas
Fuente: FLAVIJUS/GETTY IMAGES

Creo que hacerme entender es lo que más me preocupa en el ejercicio del periodismo. No solo por evitar las faltas de ortografía (parte de lo que supone el respeto por la audiencia) sino por hacer que la historia se comprenda con éxito. De ahí parte de mi gusto por el periodismo de datos o DDJ (Data Driven Journalism), tomar datos como fuentes, usar gráficas que aclaran conceptos e investigar a partir de estos datos. Aunque ya hablaré de ello en otro momento.

Respondiendo al título, ¿que por qué periodismo? No sabría decir algo concreto. Me gusta, eso es importante para hacerlo bien. Es un principio, pero no es suficiente. Por circunstancias no lo estudié en su momento pero terminé una ingeniería que me abrió la mente a la posibilidad de hacer las cosas de otra forma.

Y también a entender el periodismo de otra forma.

Al trabajar con periodistas fui consciente de los miles de errores que no quería cometer (como creerme mejor que los técnicos que se dejan la piel cada día o portar una supuesta superioridad moral sobre los demás) y de las muchas virtudes que debía cultivar (como el rigor en la información y el respeto a los compañeros). Al decidir estudiar Periodismo ya siendo adulto y tener experiencia en el tema, también fui consciente de las carencias en la formación de postgrado, lo fuera de la realidad que se encuentra la universidad y los malos hábitos que se implantan en el alumnado.

Entrevistando a Andreu Buenafuente
III Congreso iRedes

Entonces, ¿por qué periodismo?

Pues no sabría decirles. Ni idea.

En la ingeniería tuve 6,1 de media, en periodismo 7,8. Supongo que es lo mío.

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